Tamara O. Raffaelli
Mi práctica artística es un ejercicio de alquimia y traducción. Concibo mi obra como un punto de convergencia donde el espacio escénico, la arquitectura del lenguaje y la materia orgánica se entrelazan para dar voz al paisaje. No entiendo la naturaleza como un escenario estático, sino como un texto vivo que requiere ser leído, interpretado y, finalmente, reconstruido.
Mi formación en Escenografía (La Plata, años 80) me otorgó una comprensión tridimensional del mundo; allí aprendí que el espacio es un contenedor de significados. Posteriormente, mis veinticinco años dedicados a la Literatura pulieron mi capacidad para estructurar narrativas y entender la palabra como un vehículo de sentido. Hoy, estas dos disciplinas —el espacio y la palabra— constituyen el andamiaje invisible sobre el cual erijo mi obra escultórica y mis libros de artista.
Desde mi taller en Trevelin, Patagonia, trabajo bajo una premisa fundamental: conmover para hacer regresar. Utilizo el collage, el libro de artista y la escultura para atrapar la mirada del espectador y devolverla hacia la naturaleza. En mis piezas, la corteza, la hoja y la tierra dejan de ser elementos biológicos para transformarse en palabras de un lenguaje antiguo y táctil.
Mi evolución reciente me ha llevado a explorar la naturaleza no solo como musa estética, sino como testigo y refugio de la memoria humana. Al integrar redes de intercambio como el Arte Correo o intervenir espacios cargados de historia social y política, mi obra busca establecer un diálogo entre lo orgánico y lo social. Entiendo el paisaje como un depósito de resistencia donde la materia orgánica sobrevive y narra nuestras propias historias de vida, pérdida y permanencia.
En esencia, me defino como una traductora de paisajes. Mi propósito es que, a través de la tridimensionalidad del objeto y la poética de la materia, el espectador logre descifrar el texto sagrado que la geografía nos ofrece, reconociendo en el entorno natural una parte indisoluble de su propia identidad y memoria.

